*Recientemente desertó la regidora primera de Coatzacoalcos, emanada de Morena y sobrina de «Cheva», figura política importante en el ámbito morenista. Asimismo se destapó el caso del exmagistrado Arturo Nahle García, hermano de la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, quien se unió al PRI y el llamado a construir alianzas contra la 4T, esto no solo exhibe una división familiar, sino una señal política incómoda: el proyecto que presume unidad enfrenta fisuras incluso entre apellidos vinculados al poder.
Álex Cazarín
Las Choapas.- La reciente salida de la regidora Valeria Cortés Matus de Morena para sumarse a Movimiento Ciudadano en Coatzacoalcos no es un hecho aislado ni un simple cambio de camiseta. Se suma a un contexto cada vez más evidente: el partido que durante años se sostuvo bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador comienza a mostrar grietas profundas en sus estructuras locales y nacionales. Sin la figura que unificaba discursos, contenía ambiciones y disciplinaba cuadros, Morena empieza a parecer más un mosaico de intereses que un movimiento con rumbo claro.

El caso del exmagistrado Arturo Nahle García, hermano de la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, refuerza esa percepción de fractura. Su reaparición en el PRI y el llamado a construir alianzas contra la 4T no solo exhibe una división familiar, sino una señal política incómoda: el proyecto que presume unidad enfrenta fisuras incluso entre apellidos vinculados al poder. Cuando los lazos de sangre no garantizan lealtad política, el mensaje hacia la militancia es contundente: el movimiento ya no cohesiona como antes.
A este escenario se suman señalamientos de corrupción que el discurso oficial ya no logra contener. Casos como el escándalo conocido como “La Barredora” —vinculado a presuntas redes de contratos, favoritismos y manejo opaco de recursos en distintos niveles de gobierno— han alimentado la narrativa de que Morena repite prácticas que prometió erradicar. Aunque las investigaciones avanzan con lentitud y los responsables rara vez enfrentan consecuencias inmediatas, el daño a la credibilidad pública ya está hecho.
En distintos estados, también han salido a la luz denuncias por uso indebido de programas sociales, asignaciones directas de obra pública y conflictos de interés entre funcionarios y empresas vinculadas a familiares o aliados políticos. Lo que antes se denunciaba como vicios del viejo régimen hoy aparece bajo nuevas siglas, erosionando la autoridad moral que Morena utilizó como bandera durante su ascenso.
La combinación de deserciones políticas, divisiones internas y escándalos de corrupción plantea una pregunta inevitable: ¿puede Morena sostenerse sin el liderazgo de López Obrador? El partido que se construyó como movimiento social corre el riesgo de convertirse en una estructura burocrática más, atrapada en las mismas prácticas que prometió combatir.
Mientras tanto, los ciudadanos observan cómo las lealtades cambian, los apellidos se dividen y los casos de corrupción se acumulan. La 4T, que se presentó como una transformación histórica, enfrenta ahora su prueba más difícil: demostrar que puede sobrevivir a sus propias contradicciones. Porque cuando el discurso de honestidad choca con la realidad política, lo que se desmorona no es solo un partido, sino la confianza de quienes creyeron en él.