Una camioneta que, por sus condiciones, parece pertenecer a otra época de la administración estatal, posiblemente de aquellos años donde Veracruz estuvo gobernado por Fidel Herrera Beltrán y Javier Duarte de Ochoa. Casi, casi «Veracruz late con fuerza».
Álex Cazarín
Moloacán.— Vaya «estrategia política» la que se maneja en Moloacán, al sur de Veracruz, donde el discurso ya perdió fuerza a tan solo unos meses de iniciada la administración.
El alcalde Eleazar Alcántara, presumió en redes sociales la entrega de una camioneta por parte del Gobierno del Estado como una muestra de respaldo y cercanía con la administración de la gobernadora. La publicación busca transmitir la idea de una gestión exitosa: un municipio que recibe atención y recursos.
Pero la imagen cuenta otra historia.

Lo que aparece es una unidad visiblemente antigua, con desgaste en pintura y apariencia de haber recorrido ya varios años de servicio. Una camioneta que, por sus condiciones, parece pertenecer a otra época de la administración estatal, posiblemente de aquellos años donde Veracruz estuvo gobernado por Fidel Herrera Beltrán y Javier Duarte de Ochoa.
Si tomamos como referencia los últimos años de esos gobiernos, hablamos de vehículos con más de una década de antigüedad. Un periodo suficiente para que una unidad pase de ser herramienta de trabajo a convertirse en un recordatorio del abandono y desgaste del parque vehicular oficial.
El dato toma relevancia porque recientemente La Silla Rota Veracuz dio a conocer que el Gobierno del Estado mantiene procesos para dar de baja y subastar cientos de vehículos considerados inservibles. Entre ellos existen patrullas, camionetas y unidades operativas que terminaron clasificadas como desecho ferroso por daños mecánicos, corrosión y costos de reparación superiores a su utilidad.
Es decir, mientras unas unidades oficiales salen del inventario estatal por haber cumplido su ciclo, otras llegan a los municipios como una especie de último capítulo de vida útil.
Pero el verdadero análisis no está en la camioneta. Está en lo que el mismo alcalde de Moloacán repite una y otra vez: Que cuenta con el respaldo de la gobernadora. Cantaleta que cada vez se le cree menos y peor aún, ya sabe a discurso rancio para apantallar a la raza que se deje o por lo menos a sus seguidores.
Eleazar Alcántara ha sostenido públicamente que mantiene una relación cercana con la gobernadora Rocío Nahle y que cuenta con su respaldo político. Sin embargo, la realidad muestra una dinámica distinta: en los momentos de mayor presión, quien ha tenido que intervenir no es precisamente una relación privilegiada, sino el área de Gobernación para intentar contener problemas generados en el municipio. Problemas que el mismo Alcántara ha provocado por su manera déspota de tratar a sus gobernados.
Ahí están los episodios de la toma del Palacio Municipal y el bloqueo de la carretera Las Choapas-Moloacán, conflictos que obligaron a la intervención de autoridades estatales para buscar una salida.
Más recientemente ocurrió otro capítulo con el acceso que conecta a comunidades de Moloacán. Un camino cuya reparación, de acuerdo con los reclamos ciudadanos, era una demanda pendiente y que finalmente comenzó a ser atendida por particulares, como Grupo Uribe, ante la falta de respuesta municipal.
La reacción del alcalde, según señalamientos realizados públicamente, fue intentar frenar los trabajos con apoyo de la fuerza pública, pero los ejidatarios decidieron continuar la reparación sin tomarlo en cuenta.
Y ahí, «la puerca torció el rabo»: Un alcalde que asegura tener las puertas abiertas en el Gobierno del Estado, pero que al mismo tiempo parece enfrentar una realidad donde los problemas locales terminan resolviéndose por presión ciudadana o con la intervención de otras instancias.
La camioneta vieja y con más de una década de carrera no es el problema, es la metáfora: Un gobierno municipal que presume cercanía con el poder estatal, aunque en los hechos parece recibir más llamados de atención que beneficios políticos.
Porque ese jalón de orejas que recibió en Xalapa por parte de Ricardo Ahued, Secretario de Gobierno, cuando él y la síndica se sacaron los trapos al sol de nepotismo, corrupción y otras barbaridades, no fueron caricias.
Más que provocar burla, el caso genera una sensación distinta, la de un personaje atrapado entre la imagen que intenta proyectar y la realidad que sus propios conflictos terminan mostrando.
Y… ¿si mejor guarda silencio, trabaja y deja de hundirse más?